SOBRE EL PAN

 

Cuando nos llevamos un trozo de pan a la boca, sabemos que estamos llevando a cabo un ritual ancestral y divino que nos conecta de forma directa con lo mas puro de nuestra esencia humana. El gozoso contacto de una corteza crujiente y una miga esponjosa es un inigualable deleite que se acrecienta en la sencillez del acto.

El pan es un resultado alquímico maravilloso donde intervienen todos los elementos vitales de la naturaleza por los que nos sentimos tan familiarmente atraídos y con los que llegamos a fundirnos en una comunión perfecta.

Las características nutritivas del pan son tan completas gracias al aporte intrínsico de estos elementos y al potencial que sutilmente completamos cuando intervenimos en su elaboración. Para la misma es preciso contar con una seria de requerimientos necesarios que nos permita alcanzar una cualidad excelente.

Una materia prima natural, que conserve toda su calidad biológica, junto a una dedicación consciente y reverencial, darán como resultado un producto primoroso y sagrado, un pan que alimenta nuestro cuerpo, equilibra nuestra mente y eleva nuestro espíritu. Agarrándonos al suelo nos trasciende al cielo. Esto, queda simbólicamente reflejado en la forma que han adoptado los cereales en su estructura física enraizado en la tierra y creciendo hacia el cielo con una actitud de plegaria.

Manteniendo una actitud sagrada ante el pan, este trasmutara su cualidad alimenticia en un valor medicinal, en una fuente de salud, en una medicina para nuestro ser.

Conservando las especies autóctonas de los cereales y sembrando las mismas como Dios manda obtendremos unas semillas de una calidad extraordinaria, puesto que careciendo de sustancias indeseables, se reconectan con su memoria mas natural y genuina. Los granos de estos cereales molturados en molino de piedra, nos proporcionaran una harina integral que conservan y dinamizan toda su capacidad nutritiva. El pan integral es necesario para todos, a unos, para ayudarles a sustituir sus superficialidades, y a otros, para obtener una dieta nutritiva mas asequible que otros productos mas caros y ambientalmente menos sostenible.

Hemos de comprender que el hombre no se alimenta solo de principios inmediatos, sino también de una historia celular que han de haber vivido las generaciones anteriores, ligadas al latido ancestral de la tierra y el cielo puro, ambos engendradores de un trigo que podía comerse no solo por la boca, sino con las manos, cuando la espiga era arrancada de su tallo para pasar del suave mecido del viento al rigor del tamizado, tras los acordes melodiosos de la fiesta que conllevaba la recogida de la cosecha. Deberían desengañarse quienes creen reconquistar un espacio filosófico naturalizado en una tienda de dietética.

La única conquista posible procede del corazón, y eso significa ahondar en él hasta descubrir campos puros en el interior de si mismo, campos soleados de dignidad, campos cuya atmósfera cristalina huela a certezas vigorosas capaces de alejar los fantasmas especulativos que todo lo pervierten.

El alimento dialoga con el corazón a través de la sangre y sus energías depuradas pasan al intelecto. Por ello, es necesario conservar la cualidad elemental del elemento tierra en el pan, una tierra sana preñada de buenas intenciones y poblada de gente correcta que andan con buen pensar y buen sentir por los aledaños del trigal.

Y ahora, es el momento del panadero, cuando se despereza la madrugada, y éste comienza a caminar sobre el espacio diáfano que dejan los hombres dormidos, es la mejor hora para comenzar esa obra artística cuyo ser se cimbrea a la mas mínima variación de la estación del año, con el fin de sacar hornadas repletas de fuerza, amor y justa sabiduría.

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